La Marimba muerta

LA MARIMBA MUERTA

A Camilo Zapata en el centenario de su natalicio

Una mañana desperté rápidamente y recordé, como pocas veces en la vida, todo lo que había soñado la noche anterior: llegaba a Managua de un viaje de la hermosa ciudad de Jinotega después de haber tenido una noche de música en donde los gritos de la gente producto del alcohol y el humo del cigarro o marihuana, inundaban el famoso ¨Bar de turno¨ pidiéndome canciones de Silvio Rodríguez, Pablo Milanés u otro trovador, típico en la gente que aunque lea en el afiche ¨Noche Nicaragüense¨, se avientan a pedir lo que sea porque pagaron la entrada y tienen derecho¨ a pedir la canción que les venga en gana.

Al llegar a mi casa en el barrio monseñor Lezcano, observé una camioneta vieja estacionada afuera de la casa del vecino, la tapa de atrás estaba abierta como si fueran a subir alguna moto o bicicleta o gente, luego miré que cerca de la trompa de la camioneta justo frente al portón de mi casa, había gente conocida que desde hace años no veía, gente con la que en algún momento me tocó compartir música, gente que conocía de infancia, gente querida. Me acerqué a saludarlos con sorpresa y a uno por uno con un beso en la Mejilla y con apretón de manos cálido, primero a Estela, una contralto que despertaba suspiros entre los varones por su voz ronquita, ella detestaba cantar pero por alguna razón lo hacía maravillosamente y sin esfuerzo, siempre pensé que le gustaba ver caer las babas de los muchachos que la escuchaban y que por eso estaba en el coro.

Julia, que era la soprano, una muchacha con un rostro de ángel y voz aguda, siempre que se enojaba elevaba su voz y sus notas simulaban a la perfección pasajes de la flauta mágica de Mozart. Alejandro, el tenor vanidoso con vos fuerte y aguda, cuando saludaba te apretaba la mano como diciendo, yo soy mejor que vos. Julio el bajo con una voz tan profunda como sus pensamientos, amante de la lectura de los clásicos y que siempre hablaba de Dante haciendo referencia a los círculos de los infiernos de la Divina Comedia cuando algo había salido mal en el coro.

Saludé a todos pero algo no andaba bien, nunca me miraban a los ojos, de alguna forma me hacían sentir como si yo hubiera hecho algo que los había lastimado. A algunos de ellos les decía que me miraran y evadían la mirada como cuando no querés ver a alguien pero lo tenés que ver, esa mirada de cuando vez la realidad de reojo.

Un sonido familiar llamó mi atención, era una pieza de marimba que ya conocía saliendo de la casa del vecino: Aquella (Indita), pensé en que había fiesta pero no entendía el porqué de los amigos esperando afuera, de repente me petrifiqué cuando vi salir a 4 hombres cargando una Marimba de arco y sosteniéndola como un ataúd, con las patas hacia arriba, las teclas hacia abajo y los bolillos manejándose solos, ahí supe que estaba frente al entierro de la Marimba.

Era una procesión corta de la casa del vecino rumbo a la camioneta vieja parqueada afuera, la montarían teclas abajo y Ella ejecutaba su última pieza, como celebrando lo que alguna vez fue.

Doña Coco la de la pulpería cercana se acercó a preguntarme:

-¿Juancito que pasó?

No sé, le dije. Me quedé estupefacto viendo como montaban la Marimba muerta en la tina de la camioneta, hubo un silencio sepulcral cuando dejó de tocar su propia canción de despedida, la mirada de la gente sobre ella me dejaba más desolado, no entendía la ceremonia, no entendía la muerte, no entendía adonde se la llevaban, ¡era una marimba!, ¡las marimbas no mueren!

De repente entendí que la indiferencia de la gente a la que saludé sin sentirme correspondido era que sin decirme con palabras, me acusaban de asesinato.

Hice un repaso de mis días anteriores en un segundo y jamás encontré en que momento cometí el supuesto delito, ¡nada! La gente iba en fila detrás de la camioneta y la marimba en silencio, los vi alejarse y los rostros reflejaban dolor de muerte, como cuando se muere una madre y deja huérfano el corazón.

Me quede haciendo memoria, lamentando lo que no entendía en la calle del viejo barrio frente a la casa de mi abuela y me acorde de la noche en el Bar… yo tratando por todos los medios de seguir cantando canciones que sentía que eran necesarias y al final cayendo en el juego del que pagó la entrada y que quería escuchar canciones de otro país, y no me sentí digno de acompañar en sus últimas horas a la procesión de la Marimba muerta.

La vi irse en la camioneta fúnebre y, con incertidumbre y esperanza supuse que iba a ser enterrada en el cementerio donde yacen los árboles inmortales y quise pensar que retoñaría como un árbol de Ñámbar o Granadillo, ojalá así sea.

Juan Solórzano

Cantautor Nicaragüense Septiembre 2017.

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